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OBRAR EN CONCIENCIA

Por JUAN DE DIOS VIAL LARRAÍN - 3 de Julio, 2007, 1:35, Categoría: General

I

 Voy a limitar mi intervención a un comentario del parágrafo 42 de la Carta Pastoral de su Eminencia Monseñor Errázuriz sobre la estabilidad e indisolubilidad del matrimonio, que él ha puesto bajo el lema evangélico “lo que Dios ha unido”[*].

 Cito primero el texto de este parágrafo: “también los legisladores tienen que actuar siempre siguiendo los dictámenes de su conciencia, y nunca contra ella. Nadie puede dispensarse de este deber. La conciencia es la norma inmediata de la acción. Pero, por esta misma causa, también tenemos la obligación de formarla, buscando la luz que la razón, apoyada por la fe en el caso de los cristianos, nos puede entregar. Así la conciencia puede alzarse sobre la tentación de dejarse avasallar por lo que se piensa o se hace”.

 Creo que este texto contiene un pensamiento fundamental y una doctrina bien decisiva en las actuales circunstancias. Para reflexionar sobre sus afirmaciones voy a seguir el hilo del discurso poniendo de relieve cada una de sus ideas.

I Primera idea: ha de seguirse siempre el dictamen de la conciencia. El Cardenal apunta a los legisladores, sin embargo, precisa: “también” ellos han de actuar de esa manera, lo que da a entender el carácter universal del principio. Y lo reafirma la enfática expresión con que concluye la frase: “nunca (ha de actuarse) contra ella”, contra la conciencia.

 
II Segunda idea: la conciencia ha de ser norma. Una norma inmediata de la acción. Y una norma ineludible: nadie puede dispensarse del deber de seguirla.

 
III. La tercera afirmación abre un nuevo horizonte. Si hay un deber de actuar en conciencia, hay a la par, simultáneamente, una obligación de formar la propia conciencia. De tal manera que la causa del actuar en conciencia es la misma causa de la obligación que se tiene con la propia conciencia para constituirla, para darle forma Yo estoy primeramente obligado con mi conciencia, me debo a ella, debo formarla, justamente para obedecerla. Hay aquí una acción recíproca que está en la clave de lo que es la conciencia. Debo formarla justo para obrar en conciencia. Fuera de esta acción la conciencia puede ser un pretexto, un sustituto y también una evasiva.

 IV. La formación de la conciencia consiste, añade en cuarto lugar el Cardenal, en ponerla a la luz de la razón. Es un buscarla y un descubrirla, un quitar lo que pueda ocultarla de la luz humana de la inteligencia. ¿Qué puede ocultarla? El señor Cardenal usa una expresión fuerte: hay un avasallamiento de la conciencia y, lo que es más grave, un dejarse avasallar que es -él la llama- una “tentación” de la conciencia. ¿Cómo puede la conciencia ser avasallada, quién puede avasallarla, no hay en ella, acaso, esa fuerza indomable que es la que han atestiguado, por ejemplo, los mártires?

 Pues bien, lo que avasalla la conciencia es nombrado por el Cardenal con un pronombre en tercera persona: lo que se piensa o se hace avasalla la conciencia personal.

 V. Finalmente, una breve frase del texto contiene el elemento esencial del mensaje dirigido específicamente a los cristianos. El Cardenal dice que esa luz de la razón que ha de buscar cualquier hombre que quiera obrar en conciencia y, por consiguiente, éticamente, ha de tener -en el cristiano- el apoyo fundamental de la fe, que es, por cierto, el sello de la conciencia cristiana. El “apoyo” , dice, no necesariamente el impulso, ni tampoco el veto. Y aquí la cuestión es ¿cómo la fe apoya la conciencia sin avasallarla anónimamente?

 II

 Un perfil externo más llamativo, no quizá más profundo, de la doctrina de este texto, es ese sujeto nombrado en tercera persona con un reflexivo se. “Se” piensa, “se” hace, ¿a quién apunta el pronombre? En rigor a nadie: se trata de un seudo sujeto, de un impersonal. Pero sucede, nos sucede a todos, que con demasiada frecuencia es ese sujeto quien piensa y actúa cuando creemos estar haciéndolo desde nosotros mismos y, lo que es más grave, cuando creemos hacerlo en conciencia.

 Este personaje ambiguo, anónimo, dominante – personaje, no persona- es muy conocido por psicólogos sociales, sociólogos y moralistas. Filósofos contemporáneos como Heidegger, Jaspers, Ortega o Sartre, lo han descrito. Es, por ejemplo el das Man de Heidegger, sujeto mismo de la inautenticidad. Opiniones dominantes, ideologías vagas, motivaciones ocultas, intereses privados, sentimientos, grupos de presión, medios masivos de comunicación, alzan el fantasma que extiende su red sobre la conciencia personal, la tientan, la desfiguran, la anulan.

 Cuesta sustraerse a sus astucias. Pero la acción que brota de ahí no es obrar en conciencia, carece de contenido moral, no es libre.

 III

 ¿Porqué la Carta pastoral que consideramos ha asignado a la conciencia el rango tan decisivo que hemos puesto de relieve en tanto norma inmediata y deber ineludible? ¿Ha caído, acaso, en las aguas ambiguas de un subjetivismo fiándose así de la conciencia?, ¿No será esta la marca o la huella de esa modernidad que se aleja de Dios y llama a refugiarse en el coto cerrado de una conciencia individual autónoma? De ninguna manera. La Carta enfrenta esta posibilidad en estricta consonancia con la profunda doctrina de Veritatis Splendor, la Encíclica de Juan Pablo II sobre cuestiones fundamentales de la ética cristiana.

 Más allá de la restringida visión del subjetivismo de una conciencia que se edifica autónomamente a sí misma y que puede quedar tanto de espaldas a la realidad como ajena a Dios, la conciencia es en esencia el centro personal absoluto de la realidad humana. Esto es lo que hay en esa profunda intimidad suya en la que cada cual cree reconocerse, o más bien, sentirse a sí mismo.

 Por eso llamarla “ norma inmediata de la acción”, es una buena conjugación de palabras, porque ella, si es una “norma” es a la vez “acción”. Es norma en acción y, por este motivo, de la acción. Esta inmediatez de una y otra da su carácter a la praxis, precisamente como libertad y racionalidad, es decir, como la realidad propia de una vida moral.

 En el núcleo de la conciencia se concentra la vida moral porque es ahí donde está el hombre en su realidad esencial, donde habita y se yergue esa débil caña pensante, al decir de Pascal, al que un vapor y una gota de agua pueden matar, pero que es más noble que lo que le mata “porque sabe que muere”. Es decir, porque tiene conciencia. La fe es capaz de iluminar y enriquecer esta realidad de manera muy viva.

IV

 Exploremos un poco el fundamento de estas ideas. Hay quienes creen que la noción misma de “conciencia” es netamente cristiana. Cuando uno piensa en ese hombre interior del que hablaba San Agustín -y por cierto San Pablo- realmente divisa la conciencia en su infinitud. La descubre en esa relación que cada uno de nosotros mantiene consigo mismo, en el diálogo interior que en ningún instante parece abandonarnos y en el cual San Agustín veía los vestigios de la misma Trinidad de Dios. La conciencia surge en el conocimiento que la mente tiene de sí y en el amor que ahí brota. Pero este conocimiento amoroso de sí, propio de una mente -para llamar con palabra agustiniana a quien es una persona- ocurre en tanto ama y conoce a otra y -para un cristiano- eminentemente, cuando es amada y conocida por otra.

 Uno se mira en el espejo de su alma. Oye su voz, su aliento, su reproche, conversa con el hombre que lleva en sí, decía Machado. Esta infinita mirada interior como San Agustín la describiera, es el núcleo mismo del conocimiento y de la verdad. En particular de esa verdad que, escribía San Juan, “hace libre” (8. 32)

¿Cuándo puedo decir, entonces, “obro en conciencia”? ¿Acaso cuando respondo a una opinión de la que estoy cautivo? ¿Cuándo tomo una decisión después de hacer un cálculo de intereses y un balance de beneficios y pérdidas? ¿Cuándo me contemplo, como Narciso, en fugaces aguas que me complacen, y que pasan? ¿Cuándo uno cree estar cara a cara consigo mismo en un retórico gesto de heroísmo?

 V

En el mundo moderno voy a distinguir tres modalidades filosóficas fundamentales de configurar la conciencia en su dimensión moral. Una proviene de la tradición anglosajona de índole empirista. Otra halla su sede en el idealismo germánico y es de índole trascendental. Estas dos se disputan el campo de las opiniones dominantes fuera del mundo cristiano. La tercera es justamente la que la ética cristiana ofrece.

 En el empirismo anglosajón de pensadores como Locke, Hume o Mill no hay una conciencia sustancial propia de un individuo humano en quien fuera decisiva la instancia personal de un saber amoroso, sencillamente porque no hay sustancia. Lo que hay en el ser humano, en la intimidad de su psique, es una corriente de estados, de vivencias o sentimientos, que se asocian de facto configurando un ámbito interno de pura índole psicológica cuyo centro, de la misma índole, es el sujeto a quien de ordinario llamamos “yo”. Nuestro propio yo, como un centro de sentimientos y de fuerzas -de pasiones, se las ha llamado- que un sujeto, como epicentro, busca ajustar. El orden moral será, en definitiva, el ordenamiento de las pasiones humanas bajo pasiones dominantes, gobernadas principalmente por el placer y la utilidad. La razón es esclava de estas pasiones, dijo Hume. De ahí salen los motivos del utilitarismo, el emotivismo, el consecuencialismo, las diversas modalidades de esta forma de pensar que tiene enorme vigencia en nuestros días.

 Los idealistas alemanes restablecerán, frente al empirismo, el orden de la razón. En ellos la razón no es esclava, pero en cambio se convierte en amo absoluto. Esta conciencia tampoco tiene la realidad de un sujeto personal. Es, más bien, un ser que no es ni real, ni irreal. Será una entidad trascendental, una forma de conciencia que se erige trascendentalmente a sí misma en legisladora universal a partir de un imperativo formal, en el caso de la razón práctica kantiana, o de una conciencia de índole puramente espiritual que se desarrolla dialécticamente hasta identificarse con la realidad misma, como es el caso de Hegel. Tales son los paradigmas del idealismo.

 Si en el empirismo anglosajón la conciencia moral es una especie de mercado de impresiones y estados psicológicos que se ajustan de la manera más conveniente en el estilo de la mano invisible del mercado económico, en el idealismo alemán la noción fundamental es aquella que Kant llamó “autonomía”, es decir, la capacidad propia de la conciencia de darse una ley por sí misma y a sí misma, de fundar el orden moral en la autonomía de un sujeto y en virtud de una razón trascendental. Este es el sentido que asume la conciencia en el idealismo moderno.

 Temo, entonces, que a lo que se llama obrar en conciencia de nuestra mentalidad común no sea sino un amasijo de esas concepciones. Una docilidad sentimental, una complacencia afectiva contagiosa, heredada del empirismo y respaldada a distancia por la hierática majestad de una conciencia que proclama la autonomía trascendental de un sujeto a cuya sombra me allego. Esta conciencia puede no ser sino el fugaz estado de una psique, que Freud desfonda hasta la inconciencia; ser nada más que el monólogo interior que narra Joyce, la ensoñadora rememoración de Proust, o la figura chinesca proyectada en una pantalla trascendental. Desde esas visiones el nihilismo postmoderno se desprende y se despliega.

 
VI

 Para conocer en sus fundamentos el pensamiento cristiano acerca de la conciencia que esta Carta Pastoral proclama, disponemos de un texto reciente y de la mayor autoridad como es la Encíclica Veritatis Splendor de su Santidad Juan Pablo II. Me atrevo a pensar que el eje dialéctico de esta Encíclica pasa por la cuestión de la conciencia y encara frontalmente los supuestos teóricos de las posiciones modernas antes descritas.

 
La conciencia en la ética cristiana es en primera aproximación el diálogo interior en el que todos estamos inmersos, como lo vio San Agustín, que no es un monólogo introspectivo, ni es pura memoria, ni es voluntad trascendental de autonomía, para decirlo con Kant o voluntad de poderío, para decirlo con Nietzsche.

 
Para el cristiano la conciencia es el lugar en donde resplandece la figura trinitaria de Dios mismo en esta imagen suya que somos, que es el hombre. Es cada uno de nosotros en lo más íntimo de lo que realmente somos. La Biblia habla del “corazón” en este profundo sentido. Pascal lo retoma cuando trata de las que llamó raisons du coeur.

 
El cristiano sabe que el diálogo que se escucha en el seno de la conciencia -que todo hombre escucha en lo profundo de sí mismo- es el diálogo con Dios. No un puro hablar mío conmigo, o un captar ondas de un espacio etéreo. Este diálogo se entabla originariamente en la misma creación del hombre y su texto está grabado, justo, en su “corazón”. Es ahí donde todo hombre discierne el bien y lo ama, quiere hacerlo y quiere evitar el mal. Ahí aprende el hombre de modo natural y en ejercicio puro de la razón que no ha de matar, que debe honrar a sus padres, que no debe mentir, y así sucesivamente. Así se descubre a sí mismo y descubre su ley natural. Esta es la conciencia moral.

 
En el fondo, en su realidad más profunda y originaria, es el acto creador del hombre. La creación del hombre como un ser libre se renueva en la conciencia personal de cada hombre. Y le recuerda vivamente su condición de creatura, de hijo. Nuestra propia capacidad creadora, que es primariamente la capacidad de hacernos a nosotros mismos, es la respuesta a esa acción originaria. En la raíz de este crear hay un creer; que es un amoroso saber. La voz de la conciencia, en este sentido, es la voz de Dios en la humildad de nuestro corazón. Una voz encarnada. Más que un sonido es una persona viva en nuestro ser más personal. Para el cristiano es la persona de Cristo, cuyo cuerpo y espíritu están en su Iglesia. Por ella hablan sus Pastores.

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[*] El presente texto corresponde a la intervención del autor en el Foro convocado por revista HUMANITAS, para comentar la carta pastoral del Arzobispo de Santiago “Lo que Dios ha unido”. Este acto tuvo lugar en el Centro de Extensión de la Pontificia Universidad Católica el jueves 29 de agosto. Ante numeroso público, presididos por el Vice Gran Canciller de la Universidad, Monseñor Andrés Arteaga, tomaron además parte en el mismo los académicos Pedro Morandé, Pbro. José Miguel Ibáñez, Carmen Domínguez, Hernán Corral y Juan de Dios Vial Larraín.

 

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