I
Voy a limitar mi intervención a un comentario del parágrafo
42 de la Carta Pastoral
de su Eminencia Monseñor Errázuriz sobre la estabilidad e indisolubilidad del
matrimonio, que él ha puesto bajo el lema evangélico “lo que Dios ha unido”[*].
Cito primero el texto de este parágrafo: “también los
legisladores tienen que actuar siempre siguiendo los dictámenes de su
conciencia, y nunca contra ella. Nadie puede dispensarse de este deber. La
conciencia es la norma inmediata de la acción. Pero, por esta misma causa,
también tenemos la obligación de formarla, buscando la luz que la razón,
apoyada por la fe en el caso de los cristianos, nos puede entregar. Así la
conciencia puede alzarse sobre la tentación de dejarse avasallar por lo que se
piensa o se hace”.
Creo que este texto contiene un pensamiento fundamental y
una doctrina bien decisiva en las actuales circunstancias. Para reflexionar
sobre sus afirmaciones voy a seguir el hilo del discurso poniendo de relieve
cada una de sus ideas.
I Primera idea: ha de seguirse siempre el dictamen de la
conciencia. El Cardenal apunta a los legisladores, sin embargo, precisa:
“también” ellos han de actuar de esa manera, lo que da a entender el carácter
universal del principio. Y lo reafirma la enfática expresión con que concluye
la frase: “nunca (ha de actuarse) contra ella”, contra la conciencia.
II Segunda idea: la conciencia ha de ser norma. Una norma
inmediata de la acción. Y una norma ineludible: nadie puede dispensarse del
deber de seguirla.
III. La tercera afirmación abre un nuevo horizonte. Si hay
un deber de actuar en conciencia, hay a la par, simultáneamente, una obligación
de formar la propia conciencia. De tal manera que la causa del actuar en
conciencia es la misma causa de la obligación que se tiene con la propia
conciencia para constituirla, para darle forma Yo estoy primeramente obligado
con mi conciencia, me debo a ella, debo formarla, justamente para obedecerla.
Hay aquí una acción recíproca que está en la clave de lo que es la conciencia.
Debo formarla justo para obrar en conciencia. Fuera de esta acción la
conciencia puede ser un pretexto, un sustituto y también una evasiva.
IV. La formación de la conciencia consiste, añade en cuarto
lugar el Cardenal, en ponerla a la luz de la razón. Es un buscarla y un
descubrirla, un quitar lo que pueda ocultarla de la luz humana de la
inteligencia. ¿Qué puede ocultarla? El señor Cardenal usa una expresión fuerte:
hay un avasallamiento de la conciencia y, lo que es más grave, un dejarse
avasallar que es -él la llama- una “tentación” de la conciencia. ¿Cómo puede la
conciencia ser avasallada, quién puede avasallarla, no hay en ella, acaso, esa
fuerza indomable que es la que han atestiguado, por ejemplo, los mártires?
Pues bien, lo que avasalla la conciencia es nombrado por el
Cardenal con un pronombre en tercera persona: lo que se piensa o se hace
avasalla la conciencia personal.
V. Finalmente, una breve frase del texto contiene el
elemento esencial del mensaje dirigido específicamente a los cristianos. El
Cardenal dice que esa luz de la razón que ha de buscar cualquier hombre que
quiera obrar en conciencia y, por consiguiente, éticamente, ha de tener -en el
cristiano- el apoyo fundamental de la fe, que es, por cierto, el sello de la
conciencia cristiana. El “apoyo” , dice, no necesariamente el impulso, ni
tampoco el veto. Y aquí la cuestión es ¿cómo la fe apoya la conciencia sin
avasallarla anónimamente?
II
Un perfil externo más llamativo, no quizá más profundo, de
la doctrina de este texto, es ese sujeto nombrado en tercera persona con un
reflexivo se. “Se” piensa, “se” hace, ¿a quién apunta el pronombre? En rigor a
nadie: se trata de un seudo sujeto, de un impersonal. Pero sucede, nos sucede a
todos, que con demasiada frecuencia es ese sujeto quien piensa y actúa cuando
creemos estar haciéndolo desde nosotros mismos y, lo que es más grave, cuando
creemos hacerlo en conciencia.
Este personaje ambiguo, anónimo, dominante – personaje, no persona-
es muy conocido por psicólogos sociales, sociólogos y moralistas. Filósofos
contemporáneos como Heidegger, Jaspers, Ortega o Sartre, lo han descrito. Es,
por ejemplo el das Man de Heidegger, sujeto mismo de la inautenticidad.
Opiniones dominantes, ideologías vagas, motivaciones ocultas, intereses
privados, sentimientos, grupos de presión, medios masivos de comunicación,
alzan el fantasma que extiende su red sobre la conciencia personal, la tientan,
la desfiguran, la anulan.
Cuesta sustraerse a sus astucias. Pero la acción que brota
de ahí no es obrar en conciencia, carece de contenido moral, no es libre.
III
¿Porqué la
Carta pastoral que consideramos ha asignado a la conciencia
el rango tan decisivo que hemos puesto de relieve en tanto norma inmediata y
deber ineludible? ¿Ha caído, acaso, en las aguas ambiguas de un subjetivismo
fiándose así de la conciencia?, ¿No será esta la marca o la huella de esa
modernidad que se aleja de Dios y llama a refugiarse en el coto cerrado de una
conciencia individual autónoma? De ninguna manera. La Carta enfrenta esta
posibilidad en estricta consonancia con la profunda doctrina de Veritatis
Splendor, la Encíclica
de Juan Pablo II sobre cuestiones fundamentales de la ética cristiana.
Más allá de la restringida visión del subjetivismo de una
conciencia que se edifica autónomamente a sí misma y que puede quedar tanto de
espaldas a la realidad como ajena a Dios, la conciencia es en esencia el centro
personal absoluto de la realidad humana. Esto es lo que hay en esa profunda
intimidad suya en la que cada cual cree reconocerse, o más bien, sentirse a sí
mismo.
Por eso llamarla “ norma inmediata de la acción”, es una
buena conjugación de palabras, porque ella, si es una “norma” es a la vez
“acción”. Es norma en acción y, por este motivo, de la acción. Esta inmediatez
de una y otra da su carácter a la praxis, precisamente como libertad y
racionalidad, es decir, como la realidad propia de una vida moral.
En el núcleo de la conciencia se concentra la vida moral
porque es ahí donde está el hombre en su realidad esencial, donde habita y se
yergue esa débil caña pensante, al decir de Pascal, al que un vapor y una gota
de agua pueden matar, pero que es más noble que lo que le mata “porque sabe que
muere”. Es decir, porque tiene conciencia. La fe es capaz de iluminar y
enriquecer esta realidad de manera muy viva.
IV
Exploremos un poco el fundamento de estas ideas. Hay quienes
creen que la noción misma de “conciencia” es netamente cristiana. Cuando uno
piensa en ese hombre interior del que hablaba San Agustín -y por cierto San
Pablo- realmente divisa la conciencia en su infinitud. La descubre en esa
relación que cada uno de nosotros mantiene consigo mismo, en el diálogo
interior que en ningún instante parece abandonarnos y en el cual San Agustín
veía los vestigios de la misma Trinidad de Dios. La conciencia surge en el
conocimiento que la mente tiene de sí y en el amor que ahí brota. Pero este
conocimiento amoroso de sí, propio de una mente -para llamar con palabra
agustiniana a quien es una persona- ocurre en tanto ama y conoce a otra y -para
un cristiano- eminentemente, cuando es amada y conocida por otra.
Uno se mira en el espejo de su alma. Oye su voz, su aliento,
su reproche, conversa con el hombre que lleva en sí, decía Machado. Esta
infinita mirada interior como San Agustín la describiera, es el núcleo mismo
del conocimiento y de la verdad. En particular de esa verdad que, escribía San
Juan, “hace libre” (8. 32)
¿Cuándo puedo decir, entonces, “obro en conciencia”? ¿Acaso
cuando respondo a una opinión de la que estoy cautivo? ¿Cuándo tomo una
decisión después de hacer un cálculo de intereses y un balance de beneficios y
pérdidas? ¿Cuándo me contemplo, como Narciso, en fugaces aguas que me
complacen, y que pasan? ¿Cuándo uno cree estar cara a cara consigo mismo en un
retórico gesto de heroísmo?
V
En el mundo moderno voy a distinguir tres modalidades
filosóficas fundamentales de configurar la conciencia en su dimensión moral.
Una proviene de la tradición anglosajona de índole empirista. Otra halla su
sede en el idealismo germánico y es de índole trascendental. Estas dos se
disputan el campo de las opiniones dominantes fuera del mundo cristiano. La
tercera es justamente la que la ética cristiana ofrece.
En el empirismo anglosajón de pensadores como Locke, Hume o
Mill no hay una conciencia sustancial propia de un individuo humano en quien
fuera decisiva la instancia personal de un saber amoroso, sencillamente porque
no hay sustancia. Lo que hay en el ser humano, en la intimidad de su psique, es
una corriente de estados, de vivencias o sentimientos, que se asocian de facto
configurando un ámbito interno de pura índole psicológica cuyo centro, de la
misma índole, es el sujeto a quien de ordinario llamamos “yo”. Nuestro propio yo,
como un centro de sentimientos y de fuerzas -de pasiones, se las ha llamado-
que un sujeto, como epicentro, busca ajustar. El orden moral será, en
definitiva, el ordenamiento de las pasiones humanas bajo pasiones dominantes,
gobernadas principalmente por el placer y la utilidad. La razón es esclava de
estas pasiones, dijo Hume. De ahí salen los motivos del utilitarismo, el
emotivismo, el consecuencialismo, las diversas modalidades de esta forma de
pensar que tiene enorme vigencia en nuestros días.
Los idealistas alemanes restablecerán, frente al empirismo,
el orden de la razón. En ellos la razón no es esclava, pero en cambio se
convierte en amo absoluto. Esta conciencia tampoco tiene la realidad de un
sujeto personal. Es, más bien, un ser que no es ni real, ni irreal. Será una
entidad trascendental, una forma de conciencia que se erige trascendentalmente
a sí misma en legisladora universal a partir de un imperativo formal, en el
caso de la razón práctica kantiana, o de una conciencia de índole puramente espiritual
que se desarrolla dialécticamente hasta identificarse con la realidad misma,
como es el caso de Hegel. Tales son los paradigmas del idealismo.
Si en el empirismo anglosajón la conciencia moral es una
especie de mercado de impresiones y estados psicológicos que se ajustan de la
manera más conveniente en el estilo de la mano invisible del mercado económico,
en el idealismo alemán la noción fundamental es aquella que Kant llamó
“autonomía”, es decir, la capacidad propia de la conciencia de darse una ley
por sí misma y a sí misma, de fundar el orden moral en la autonomía de un
sujeto y en virtud de una razón trascendental. Este es el sentido que asume la
conciencia en el idealismo moderno.
Temo, entonces, que a lo que se llama obrar en conciencia de
nuestra mentalidad común no sea sino un amasijo de esas concepciones. Una
docilidad sentimental, una complacencia afectiva contagiosa, heredada del
empirismo y respaldada a distancia por la hierática majestad de una conciencia
que proclama la autonomía trascendental de un sujeto a cuya sombra me allego.
Esta conciencia puede no ser sino el fugaz estado de una psique, que Freud
desfonda hasta la inconciencia; ser nada más que el monólogo interior que narra
Joyce, la ensoñadora rememoración de Proust, o la figura chinesca proyectada en
una pantalla trascendental. Desde esas visiones el nihilismo postmoderno se
desprende y se despliega.
VI
Para conocer en sus fundamentos el pensamiento cristiano
acerca de la conciencia que esta Carta Pastoral proclama, disponemos de un
texto reciente y de la mayor autoridad como es la Encíclica Veritatis
Splendor de su Santidad Juan Pablo II. Me atrevo a pensar que el eje dialéctico
de esta Encíclica pasa por la cuestión de la conciencia y encara frontalmente
los supuestos teóricos de las posiciones modernas antes descritas.
La conciencia en la ética cristiana es en primera
aproximación el diálogo interior en el que todos estamos inmersos, como lo vio
San Agustín, que no es un monólogo introspectivo, ni es pura memoria, ni es
voluntad trascendental de autonomía, para decirlo con Kant o voluntad de
poderío, para decirlo con Nietzsche.
Para el cristiano la conciencia es el lugar en donde
resplandece la figura trinitaria de Dios mismo en esta imagen suya que somos,
que es el hombre. Es cada uno de nosotros en lo más íntimo de lo que realmente
somos. La Biblia
habla del “corazón” en este profundo sentido. Pascal lo retoma cuando trata de
las que llamó raisons du coeur.
El cristiano sabe que el diálogo que se escucha en el seno
de la conciencia -que todo hombre escucha en lo profundo de sí mismo- es el
diálogo con Dios. No un puro hablar mío conmigo, o un captar ondas de un
espacio etéreo. Este diálogo se entabla originariamente en la misma creación
del hombre y su texto está grabado, justo, en su “corazón”. Es ahí donde todo
hombre discierne el bien y lo ama, quiere hacerlo y quiere evitar el mal. Ahí
aprende el hombre de modo natural y en ejercicio puro de la razón que no ha de
matar, que debe honrar a sus padres, que no debe mentir, y así sucesivamente.
Así se descubre a sí mismo y descubre su ley natural. Esta es la conciencia
moral.
En el fondo, en su realidad más profunda y originaria, es el
acto creador del hombre. La creación del hombre como un ser libre se renueva en
la conciencia personal de cada hombre. Y le recuerda vivamente su condición de
creatura, de hijo. Nuestra propia capacidad creadora, que es primariamente la
capacidad de hacernos a nosotros mismos, es la respuesta a esa acción
originaria. En la raíz de este crear hay un creer; que es un amoroso saber. La
voz de la conciencia, en este sentido, es la voz de Dios en la humildad de
nuestro corazón. Una voz encarnada. Más que un sonido es una persona viva en
nuestro ser más personal. Para el cristiano es la persona de Cristo, cuyo
cuerpo y espíritu están en su Iglesia. Por ella hablan sus Pastores.
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[*] El presente texto corresponde a la intervención del
autor en el Foro convocado por revista HUMANITAS, para comentar la carta
pastoral del Arzobispo de Santiago “Lo que Dios ha unido”. Este acto tuvo lugar
en el Centro de Extensión de la Pontificia Universidad
Católica el jueves 29 de agosto. Ante numeroso público, presididos por el Vice
Gran Canciller de la
Universidad, Monseñor Andrés Arteaga, tomaron además parte en
el mismo los académicos Pedro Morandé, Pbro. José Miguel Ibáñez, Carmen
Domínguez, Hernán Corral y Juan de Dios Vial Larraín.